Noticia Actualizada: 16-Jul-2009 5:38 PM (Hora de California)

PARTE I (07/08/09)

Por Roberto Rullan

Hola Roberto, como estas? Han pasado muchos años desde que nos vimos y aun te ves bien – físicamente por lo menos. Me llena mucho de tristeza recordar momentos de tu vida – desde la infancia hasta el día de hoy. Son recuerdos tristes pero sé que hemos tenido que aprender a darle cara a la dura realidad de la vida.

Recordemos el día 18 de Septiembre del 1952 cuando naciste en el Hospital de San Lucas de Ponce Puerto Rico. Nuestros padres, Irma y Pedro Rullan, tal vez celebraron tu llegada a este mundo. Recuerdo a nuestra abuela América Gispert, la mama de nuestra madre y a mi tío Osvaldo quien acababa de llegar de la guerra de Corea. El estaba junto a su esposa Carmen Ana Colon. Todos estaban contentos con el nacimiento del tercer hijo, Roberto, de Irma y Pedro Rullan.

Por parte de la familia Rullan no puedo decir mucho porque no recuerdo haberlos visto cuando tus hermanos Héctor y Edwin nacieron. Mucho menos cuando tú naciste. Hay de veras se me borra la memoria o tal vez es que no quiero que la memoria me lleve a donde mi mente no quisiera estar. En aquellos tiempos te decían “el gordito” de la familia. Los meses entonces tomaron su curso. Pasó el día de Acción de Gracias y se aproximaban las fiestas más celebradas en Puerto Rico. Las fiestas de Navidad!

De esa manera llegaron las fiestas de la Navidad del 1952. Toda la familia por parte de nuestra madre celebraba en grande la época, la despedida del año viejo y con ello la llegada del 1953. Una vez más no recuerdo mucho la participación en estas fiestas de nuestro padre Pedro Rullan ni mucho menos de cualquier otro que estuviera relacionado a la Familia Rullan. Pero eso no importa porque lo más importante era que nuestra madre estaba contenta y nos tenía a los tres junto a ella.

Durante esa época recuerdo claramente ver a Héctor quien apenas tenía dos años y a Edwin de 17 meses correr por la sala y haciendo las maldades típicas de los niños de esa edad. Tú apenas tenias tres meses y nuestra madre te cargaba en sus brazos a cada rincón de la casa.

Finalmente llego el Año Nuevo. El año 1953 fue recibido con música, comida típica y con una noche de celebración que culmino en la bienvenida del nuevo año en altas horas de la mañana. Enero 1953! Una vez más, la presencia de nuestro padre brillaba por su ausencia.

Un mes después se celebraba el 14 de Febrero; la celebración del Día de Los Enamorados. Aun no recuerdo que nuestro padre compartiera un solo minuto con nuestra madre en uno de los días de la celebración del amor; si era que en ese tiempo aun existía el amor. No sé si te acuerdas pero ese día paso desapercibido como pasaron muchos días entre nuestros padres. Recuerdo claramente que ya existía una distancia entre ambos por razones ajenas a nuestro conocimiento.

FEBRERO 22, 1953

El día 22 de Febrero del 1953 se convirtió en el día más triste para nosotros. Eran como las 11:30 de la mañana cuando nuestra madre se encontraba a solas con nuestra abuela América en su casa. Ya para ese tiempo nuestros padres se habían separado y los celos corrían por la mente de nuestro padre. El tenia en su mente que nuestra madre tenía a otra persona en su vida, sin darse cuenta el, que las únicas personas en la vida de nuestra madre eran sus hijos. (No te olvides Roberto que ella había tenido un matrimonio anterior y tenía dos hijos mayores que nosotros). Te acuerdas de sus nombres? Ismael Valentín e Irma Valentín.

Ese día cegado por los celos y bajo la influenza del alcohol, nuestro padre se presento en nuestra casa, y sin mediar palabras y con una pistola calibre 22 en sus manos abrió fuego en contra de nuestra madre. Recuerdo que en ese momento ella se encontraba en el balcón de la casa, sentada en una silla mecedora contigo de cinco meses y con Edwin en sus brazos. Nuestro padre le disparo dos veces a quemarropa en el pecho y cuando ella cayó al piso le hizo el último disparo en la espalda. Éramos tres hijos y ella recibió tres disparos muriendo en el acto.

Tú y Edwin cayeron al piso ileso de los disparos. Vi a nuestra abuela correr al balcón y lanzarse sobre su hija de 28 años de edad quien estaba muerta. Recuerdo que nuestra abuela le gritaba a nuestro padre “asesino” y este lleno de cobardía, como lo hacen aquellos que no se valoran a sí mismo, huyo de la casa.

Nuestro padre corrió varios bloques y se metió en una cantina donde horas después fue arrestado. Que poco hombre y que poco valor de un ser humano! Según me contaron el no resistió el arresto. Este “hombre” no pensó que dejaría a tres huérfanos prácticamente desamparados.

Nuestra madre fue sepultada y nosotros nos fuimos a vivir con nuestra abuela y nuestros tíos Osvaldo y Carmen Ana. Ellos ya tenían varios hijos pero abrieron sus puertas para cuidar de nosotros. Sin embargo, por parte de la familia Rullan nadie hizo nada. Ninguno de los hermanos o hermanas de nuestro padre se ofreció a cuidarnos o por lo menos ofrecernos apoyo.

Según se comentaba en esos tiempos, el asesinato perpetrado por nuestro padre le trajo mala reputación a la familia Rullan quienes en esos tiempos tenían bastante dinero. Se cuenta que nuestra abuela por parte de padre murió del dolor que su hijo le había causado. Tal vez para ella era difícil darle pecho a la realidad de que su hijo, en este caso, un asesino sin piedad ni corazón, había segado la vida de una mujer y dejado huérfanos a tres hermanos.

Yo leí el periódico de Ponce y la historia relata un acontecimiento que tal vez solamente se vea en una película. Pero este caso era real. Era para aquellas personas que le conocían a los dos difícil de creer hasta que la realidad de esa pesadilla salió a la luz del día. Pedro Rullan fue encarcelado por asesinato en primer grado pero sin embargo no cumplió su condena y salió en libertad pocos años después por su buena conducta en la penitenciaria.

Pasaron muchos años antes que tuviéramos la oportunidad de conocer a nuestro padre. Para mí en lo personal nunca lo he reconocido como padre y el rencor que llevo en mi corazón nunca desaparecerá. Te acuerdas cuando lo conociste? Estabas ya de interno en la Institución Ferrán de Ponce y uno de los sacerdotes hizo los arreglos para que lo conocieras.

Nos sentimos obligados a relacionarnos con aquella persona llamada “nuestro padre” y te garantizo que era muy difícil mirarle la cara a quien mato a mi madre. Recuerdo que nos hacia miles de promesas para ganar nuestra amistad. Nos decía que nos llevaría a vivir con él pero gracias a Dios eso nunca paso. Vivir con una persona como esa seria vivir una vida en el propio infierno. Dicen que Dios nos enseno a perdonar todo; pero en este caso yo nunca perdonare. Es simple y sencillo – solamente Dios nos da la vida y Dios nos la quita.

No sé cuánto tiempo después de conocer a nuestro padre él se caso con una niña de 15 años llamada Gloria. Ella se convirtió en nuestra “madrastra” y por cierto ella era muy abusiva. Me obligaban a visitarlos y yo se que tu tampoco querías estar en la presencia de ellos. Te acuerdas como nos trataba? Nos trataba como sus sirvientes y esclavos. Éramos nosotros quienes teníamos que limpiar la casa y hacer todos los quehaceres mientras ella simplemente daba órdenes. Era una persona muy abusiva, tanto físicamente como mentalmente.

En muchas ocasiones te dije que Gloria era una “diabla” y que solamente se había casado con nuestro padre por dinero o quien sabe porque. A la verdad no me interesa ni porque lo hizo pero era lo peor que habíamos conocido a nuestra temprana edad. A veces me preguntaba cómo era posible que una muchacha tan joven y bonita se hubiera casado con un asesino.

Siempre te dije que no podía permitir ni aceptar a una “madrastra” y mucho menos a una mujer que le ganaba por pocos años a mi hermano mayor Héctor. De su matrimonio con nuestro padre nacieron varios hijos y una niña. Yo recuerdo muy bien a Edgardo “Eggy” quien a una corta edad murió de leucemia.

Ese fue otro momento triste en nuestras vidas. Cuando Edgardo murió nuestro padre no estaba en el hospital para darle el último adiós. Pero si recuerdo que tú estabas. Recuerdo que Edgardo te dijo “hermanito me traes lechón asado”? Lamentablemente y debido a su condición médica no podía comer nada de eso. Pocas horas después y en tus brazos Edgardo tocia sangre y murió. Nunca habías visto a una persona morir y mucho menos a tu propio hermano.

Roberto, se que tu mente recibió duros golpes y fueron esos golpes que en cierta manera te ayudaron a seguir el camino de la vida que tuviste y aprender a bloquear acontecimientos tristes de tu mente desde una corta edad. Te felicito por eso! No son muchos los seres humanos que aprenden a sobrepasar un golpe, como la muerte de la madre y de un hermano a una corta edad como lo hiciste tú.

Pero sabes, ese fue el comienzo de un camino largo lleno de penas, tristezas y dolor.

Antes de seguir tengo que recordarte la vida que tú y tus hermanos vivieron con los Padres Paúles en la Institución Ferrán de Ponce. Recuerdo que primero entro a la institución Héctor y después Edwin y por ultimo tú. Me acuerdo del Padre Sola Morales. Un ser con un corazón inigualable. Un sacerdote que buscaba el bienestar de todos los huérfanos en el albergue. Era algo inexplicable. Éramos una familia de huérfanos bajo un régimen Católico que nos dieron la mejor educación que cualquier estudiante podría imaginar.

Los padres eran estrictos pero nos trataban muy bien y nos cuidaban. Te acuerdas cuando nos levantaban por las mañanas con solamente las palmadas de sus manos? Me acuerdo que corríamos a prepararnos para ir a la capilla antes del desayuno. A veces no era lo que queríamos hacer pero lo teníamos que hacer. Muchos de nosotros preferíamos estar en otro lugar menos que en una capilla. Después de ahí, a desayunar. Hum, hum, que rica comida!

Después al salón de estudios y prepararte para la caminata al Colegio Ponceño de Varones. Te acuerdas de los maestros? Curas y monjas y los estudiantes eran todos varones. No sé si estarás de acuerdo conmigo pero creo que esa fue la mejor educación que recibimos y sin pagar. Y recuerdo también momentos agradables e inolvidables cuando los curas nos llevaban al rio y a los paseos.

Qué bonita niñez e infancia. Los padres y las monjas eran nuestros "padres y madres" quienes tomaron en sus corazones los sufrimientos nuestros y los trataron de convertir en años de paz y alegría.

Recuerdo cuando Héctor y Edwin jugaban en el equipo de básquet de la institución. Era los gigantes en contra de los enanos (una broma).

Ahora llevare tu mente cuando recibimos la noticia de la muerte de nuestro padre. Cuando el murió, y según se informa, lo mataron y encontraron su cadáver flotando en un riachuelo en Jayuya. Yo se que tu no querías ir al funeral y prácticamente te obligaron a ir. Tu tío Jaime se aseguro que fueras, a la buena o a la mala. Hay varias versiones acerca de los acontecimientos de su muerte y para ser honesto, en lo personal no me interesan.

Acuérdate Roberto que hay un dicho que dice que “el que a hierro mata a hierro muere”. En este caso se aplica profundamente. No es que desearle la muerte a un ser humano es correcto, pero recordemos como el mato a nuestra madre.

Pero recordemos aun más.

Nunca se me olvida el viaje de Ponce a Jayuya para asistir al funeral. Era una carretera llena de curvas y en el carro de nuestro tío íbamos como sardinas en lata. Yo me estaba mareando de tantas curvas y hasta sentía que no podía respirar. Ese camino se nos hizo muy largo. Al fin llegamos a este lugar que era una mezcla de una casa y un bar. Ese lugar pertenecía a la suegra de nuestro padre. Había varias personas y el féretro de nuestro padre estaba abierto.

Tú no querías entrar, ni Edwin tampoco.

Tu tío Jaime nos regañó y dijo que era una falta de respeto no darle la última visita a nuestro padre. Yo se que tú te preguntabas sobre el “respeto” y en cierto sentido yo también. Yo se que tu tenias que enfrentar dos cosas a la vez; ver a nuestro padre en un ataúd y ver a su esposa Gloria. Yo se que para ti era mucho peso mentalmente. No por el dolor de la pérdida de un “padre” pero verte forzado a estar en un lugar donde no queríamos estar.

Te acuerdas de los “amigos” de nuestro padre quienes ponían botellas de ron dentro del ataúd? El mismo alcohol que lo motivo a matar a nuestra madre tenía que estar presente hasta el último lugar de su morada. Para qué?

Yo se que para ti, y aunque no lo dijeras, era insólito y en tu mente me imagino que viajaban imágenes que no vistes, o por lo menos que no recuerdas, cuando esa persona mato a nuestra madre. Sé que te habrás preguntado porque no le pusieron en el ataúd una pistola. Total iba de mano en mano con las botellas de ron.

Finalmente y después de un largo día la caravana fúnebre partió hacia el cementerio local. Edwin y tú se quedaron en la entrada del cementerio y esa fue la última vez que vimos el ataúd de nuestro padre. Se dice que fue enterrado junto a nuestro hermano pero nunca hemos visitado esa tumba. Después de eso la vida continúo con los curas en la Institución Ferrán.

Pero todo lo bueno tiene un final.

Después de salir de la Institución Ferrán tomamos caminos distintos. Héctor a una temprana edad consigue un trabajo en una tienda de ropas. Edwin y nosotros comenzamos a vivir una vida de incertidumbres. Realmente no tenías sitio donde ir y fuimos obligados a abrirnos camino en la vida.

Tu tuviste la oportunidad de mudarte con Héctor y trabajar con el por un tiempo. Edwin fue llamado al servicio militar y tú te pusiste de voluntario para el ejército. No te aceptaron porque no tenías la edad legal de 17 años. Sin embargo lograste cambiar tu acta de nacimiento y poniéndote un año más logras ingresar al ejército.

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