Marina,
CA – 12/08/2010 - El sentimiento es el resultado
de una emoción, a través del cual, el
consciente tiene acceso al estado anímico propio.
El cauce por el cual se solventa puede ser físico
y/o espiritual. Forma parte de la dinámica cerebral
del ser humano, que le capacita para reaccionar a los
eventos de la vida diaria al drenarse una sustancia
producida en el cerebro, al mismo.
Las emociones son polarizaciones
que hace nuestra mente de los hechos. En ausencia de
emociones emergen los sentimientos. Como necesidad y
demanda de las emociones que ya no se experimentan y
a las que hemos estado sometidos durante un tiempo,
suficiente como para ayudarnos a conceptualizar que
dichas interacciones son buenas. Así es como
nuestro estado de ánimo toma forma. Los sentimientos
sanos permiten una dinámica cerebral fluida,
dando como resultado un estado anímico feliz.
Su origen es el resultado del movimiento de las cargas
emocionales a las cuales nuestra mente se ve sometida
por la variación del medio. Una gran carga emocional
que desaparezca en poco tiempo, puede llegar a dar forma
a un sentimiento que perdure en el tiempo.
Así el amor puede
nacer de una emoción tal como la sorpresa y el
halago de que alguien nos preste especial atención
durante un tiempo sostenido, en el que al desaparecer
dicho estímulo es cuando emerge la toma de decisión
de lo que hemos considerado bueno.
Nuestro sistema límbico
informará que ya no hay estímulo, nuestra
conciencia marcará la prioridad y nuestro consciente
nos indicará que eso que es bueno ya no está.
Es cuando el amor romántico toma verdadera forma,
pasando a formar parte de nuestra voluntad expresa y
personalidad.
Los estimulos emotivos, adecuadamente sostenidos en
el tiempo, pueden hacer nacer el sentimiento de (por
ejemplo) amor romántico, que no es más
que la expresión de nuestro sistema límbico
por continuar viéndose sometido a las cargas
emocionales necesarias que equilibran y liberan de ciertos
rasgos no preferentes de nuestro estado anímico,
y que por reacción creemos que nos encamina a
un estado de flujo que nos permitirá sostener
el estado de mayor preferencia: La felicidad encontrada.
Así, la mente establece el objetivo y los hechos
fomentan o contrarrestan su consecución y preservación.
La variación del estado preferente que hace la
mente del objetivo, induce en ella como principio la
emoción que desencadenará (o no) un sentimiento
que la motiva a actuar.
La forma más difícil es saber que están
regidos por las leyes que gobiernan el funcionamiento
energético del cerebro. Inhibir por preferencia
del EGO un sentimiento equivale a fomentar un anhelo,
postergar un anhelo fomenta una frustración o
una vehemencia. Los sentimientos necesitan de una razón
o cauce para ser satisfechos y hacernos sentir equilibrados.
Dado que todos los individuos manifestamos los mismos
sentimientos en diferentes situaciones, se puede decir
que nunca hay dos situaciones iguales ni dos personas
que manifiesten exactamente la misma intensidad del
sentimiento desencadenado por un evento común
a ellos.
Ante esta evidencia,
se puede afirmar sin temor a equivocarse que el ser
humano es distinto, entre sus propios congéneres,
en su forma de motivarse y que las personas responden
de manera diferente a los sentimientos ajenos, algunas
veces fomentando la carga y otras contrarrestándola.
Con una adecuada teoría
de la mente, podremos entrever ciertos comportamientos
emotivos/sentimentales: Por ejemplo: Si a Paula le molesta
que su esposo siempre deje tirado sus calcetines al
acostarse, éste genera en Paula una sensación
de DESAGRADO y al mismo tiempo una emoción de
ENOJO.
Al sostenerse de forma
continuada este tipo de evento, concluye en un SENTIMIENTO
de DESAGRADO, que realimenta una emoción de IRA,
encaminando a un sentimiento de FRUSTRACIÓN,
que de alargarse en el tiempo y de no tomar otros datos
en cuenta, acabará concluyendo en un estado de
animo dominado por el ODIO.
Los sentimientos son
los condicionamientos que impone la psicodinámica
a niveles espirituales, permitiendo únicamente
cierto abanico de actividad sobre determinadas cosas
o situaciones.
Lo que sentimos no es
bueno ni malo, lo podemos clasificar en positivo y negativo,
en relación a lo que nos provoca. El sentimiento
tiene como base la memoria evocativa, restringida a
nuestra parte biográfica.
Esto quiere decirse que
para situaciones nuevas, que no tengan similitudes pasadas
con nuestra experiencia, tendremos un comportamiento
inocente, al mismo grado que un infante se comporta
con lo novedoso. A raíz de esa experiencia tomamos
conciencia del suceso.
Lo que llega a conformar
el sentimiento, puede evocarse por largo tiempo, desapareciendo
generalmente cuando la memoria invocativa tiene recuerdos
que permiten administrarlo en un período indeterminado
(largo o corto).
Los sentimientos y las
emociones nos permiten tomar conciencia del medio en
el que vivimos, sean agradables o desagradables. Basar
el comportamiento en el momento de la emoción
o mientras dura el sentimiento, pueden ayudarnos mucho,
pero en el momento en que se desvanecen o cambian, si
no hemos sido capaces de administrarlos conforme a nuestra
memoria invocativa, pueden transformarse en enemigos.
La memoria invocativa
puede hacernos evocar emociones y llegar a conformar
una manera de sentir, no obstante, este tipo de autodominio
puede llegar a dar la falsa sensación de control
sobre nuestra propia psique.
Las personas más
cercanas a nosotros, conocen cómo reaccionamos
frente a determinadas situaciones; y hasta con sólo
ver en nuestro rostro un simple gesto, pueden llegar
a empatizar cómo nos sentimos.
La moral nos marca una
pauta de cómo reaccionar ante un sentimiento.
Es lo que acabará dictándonos qué
hacer, si satisfacerlos o inhibirlos, basada en la imagen
moral que damos al resto de personas.
Cuando decidimos inhibirlos
puede ser de forma temporal o radical, pero lo verdaderamente
importante es encontrar la vía de solución
que nos libere de la carga. Es la única manera
que nos permitirá actuar responsablemente con
los sentimientos, tanto en palabras como en acciones.
Esta es una manera de
aprender a respetarse a sí mismo y a respetar
a otros. El sentimiento obedece al campo de lo inconsciente,
en caso contrario la reacción ante el estímulo
sería la consecuencia lógica: Su satisfacción
inmediata.
No existe otra manera
de someter el sentimiento a nuestra voluntad, y aun
así, las consecuencias no siempre son como esperábamos,
ya que las cognificaciones pertenecen a otro campo distinto:
al racional.
La interrelación
entre lo inconsciente y racionales marcan nuestros actos
en el campo físico. Usando adecuadamente las
facultades mentales, encontraremos siempre el cauce
apropiado que satisfará nuestros sentimientos.
|